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Sección:
Neuropsicología

ENTRENA TU MENTE
María Salazar García, psicóloga. Editora de la sección "Neuropsicología"

En los últimos años han salido al mercado multitud de aparatos dirigidos al entrenamiento de las funciones cognitivas básicas. Se trata de juegos que prometen una mejora en nuestra capacidad mnésica, atencional, lingüística, de cálculo, de razonamiento, etc, a través de la práctica repetida y de manera individual de ejercicios específicos.

Este interés por la estimulación cognitiva en estas funciones, en población que en principio no presenta ninguna patología hace que me plantee algunas cuestiones.

En primer lugar, considero que el entrenamiento y el aprendizaje nunca están de más. Siempre es positivo ejercitar cualquier parte de nuestro cuerpo y, el cerebro, como parte de él, se verá beneficiado. Sin embargo, las ventajas derivadas de esta práctica pueden conllevar asociados costes no previstos. La excesiva fijación en nuestro rendimiento cognitivo, a través de puntuaciones, “edades mentales”, porcentajes, etc, puede llevarnos a identificar dificultades donde no las hay, o en áreas donde no son tan necesarias para nosotros. Puede que no consigamos rendimientos elevados en ejercicios de memoria “descontextualizados”, por ejemplo, recordar el número de palabras contenidas en una lista, pero puede que sí seamos suficientemente eficaces en el recuerdo de elementos necesarios para el desempeño de nuestras actividades cotidianas.

La excesiva confianza en los resultados del entrenamiento puede llevar a que nos creemos falsas expectativas que deriven una posterior frustración por no alcanzar los niveles previstos. La actividad cerebral se produce en una estructura que, aunque permite cierto grado de plasticidad, no es tan permeable (o tan rápidamente permeable) en la edad adulta como podemos llegar a pensar. No conseguiremos cambios en nuestro rendimiento cognitivo de la noche a la mañana. Es necesario tener en cuenta que el entrenamiento requiere de una constancia y de un tiempo necesario y, en ocasiones, mayores de lo que nos prometen.

En segundo lugar, considero que el entrenamiento en funciones cognitivas como la atención o la memoria no deja de ser un medio para lograr otros fines (mejora del rendimiento en nuestras tareas cotidianas, incremento del bienestar con nosotros mismos, establecimiento de nuevos objetivos personales, sociales, laborales…) Si no consideramos a estos aparatos como medios, podemos llegar a considerar que el fin en sí mismo es lograr el incremento en la puntuación, sin que éste tenga ninguna repercusión en nuestra vida diaria. El fin es llegar a generalizar las mejoras en estos procesos básicos de manera que supongan un beneficio para el rendimiento en nuestro día a día.

Esta idea me lleva a considerar que tal vez el entusiasmo provocado por estas nuevas tecnologías nos haga menospreciar las ventajas que se derivan de actos más “simples” en su forma (menos sofisticados tecnológicamente), pero con los que podemos obtener un mejor y mayor desarrollo de nuestras capacidades cognitivas.

Cualquier actividad que realicemos de manera más o menos consciente, va a requerirnos un esfuerzo cognitivo del que obtendremos beneficios. Quizá el truco esté en ser conscientes de lo que nos aportan, en el plano cognitivo, las actividades que realizamos en nuestro día a día.

Es obvio que el rendimiento académico o laboral, siempre que éste no implique únicamente tareas automatizadas y no novedosas, va a permitir la puesta en marcha de muchos procesos cognitivos. Pero esta “activación mental” no va a suceder únicamente en estos escenarios.

A través de las relaciones interpersonales conseguimos ejercitar y mejorar gran cantidad de funciones.

La propia situación donde se da la interacción es muy rica, tanto por la cantidad de estímulos presentes como por las diferentes modalidades en las que nos llegan dichos estímulos (lo que vemos, lo que escuchamos…). Esta riqueza estimular es la responsable del trabajo en integración que debe realizar nuestro cerebro para dar coherencia y sentido a esta experiencia.

En la relación interpersonal nuestra atención debe mantenerse en un nivel de alerta adecuado y durante un tiempo lo suficientemente extenso como para llevar a cabo la interacción. Debemos seleccionar aquellos estímulos a los que queremos atender (lo que dice la persona con la que hablo, sus gestos, sus reacciones y respuestas a mis aportaciones, etc), intentando no distraernos con estímulos no relevantes (lo que ocurre en el entorno inmediato que no es importante para la interacción). Si la situación lo requiere (por ejemplo, si me llaman mientras estoy hablando con otra persona) debo ser capaz de dejar de atender durante un tiempo a la conversación para luego volver a ella, realizando aquellas preguntas que me permitan volver a “coger el hilo” de la conversación.

Lo que compartimos con las personas con las que interaccionamos forma parte de: aquello que conocemos de nosotros mismos, aquello que conocemos del otro, aquello que conocemos del mundo, aquello que no conocemos del otro o del mundo y que puedo integrar en mi propio sistema (posibilidad de establecer nuevos aprendizajes a través de la conexión de información que ya tengo con la nueva que me proporciona la situación).

Los beneficios que obtenemos de la experiencia interpersonal no se limitan a funciones básicas como la atención o la memoria.

En el intercambio debemos desplegar nuestras habilidades lingüísticas, tanto expresivas como comprensivas;  llevar a cabo procesos de razonamiento que permitan que nuestras ideas sean lógicas y coherentes; planificar el discurso para promover que la otra persona lo entienda; traducir las señales que me transmite la otra persona para saber cuál es el estado mental de la otra persona (si lo entiende, si se aburre, etc). A todo esto tenemos que sumar la contribución que la emoción hace a los aprendizajes. No podemos pasar por alto el papel que tienen nuestras emociones a la hora de organizar las representaciones que maneja nuestra mente.

En definitiva, la actual confianza depositada en aparatos de entrenamiento cognitivo más sofisticados no puede eclipsar los beneficios que, para el desarrollo de nuestra mente, tienen acciones más rutinarias como la relación con los demás. Como sucede con otros muchos dispositivos, obtendremos beneficios siempre que sepamos lo que podemos obtener de ellos y los utilicemos de manera lógica y adecuada.