Acelerando
al Máximo
D.
Fernando Azor Lafarga, Co-director,
coordinador de la sección
Cada vez
que una situación nos demanda una decisión,
una actuación, generamos una serie de respuestas
psicológicas y fisiológicas. No hace
falta que dependa nuestra vida de una decisión
para que se produzcan fuertes reacciones en nuestro
organismo. Pensando simplemente en el examen del
día siguiente pueden producirse respuestas
anticipatorias muy intensas.
La sociedad
va muy deprisa, y eso tarde o temprano nos afecta
a todos, pero no es necesario que otros nos estén
presionando para que nosotros mismos lo hagamos.
Cuando día
tras día vamos acumulando angustia por la
cantidad de cosas que hay que hacer, o por la incertidumbre
de lo que vaya a ocurrir, las respuestas de alarma
habituales del organismo también se van manteniendo,
produciendo efectos negativos sobre la persona:
supongamos que una persona está pendiente
de la evaluación que va a hacer de él
su jefe, supongamos también que está
pendiente de la respuesta del banco para la concesión
de un crédito. Esta persona tendrá
una “dosis” de ansiedad mucho mayor
que otra que no esté en su situación.
Si además añadimos algo de agobio
por el día a día, es posible que sienta
desazón, molestias en el estómago,
irritabilidad, dolor de cabeza, pesimismo... Es
fácil caer en el error de creer que si uno
no está “dándose caña”
todo el tiempo, no podrá hacer todo lo que
tiene que hacer. O lo que es lo mismo, no existe
otra forma de conseguir hacer las cosas si uno no
se obliga a ello. ¿Realmente es así?.
El rendimiento,
con respecto a la ansiedad, va aumentando hasta
un cierto nivel en el que se mantiene para acabar
declinando. La persona que necesita una dosis elevada
de excitación para rendir bien, podrá
exceder el nivel óptimo de ansiedad con relativa
facilidad en situaciones en que quiera rendir más.
Más presión, teóricamente produciría
más rendimiento, pero hasta un límite.
Demasiadas cosas que hacer hará que nuestra
capacidad máxima para hacer cosas se vea
sobrepasada, haciendo que nos olvidemos de cosas
que antes no olvidábamos, que nuestra concentración
sea menor, etcétera.
Nuestra
forma de ser es la que en gran medida nos acelera,
a veces por las circunstancias que nos rodean, y
otras por la necesidad de hacer las cosas lo mejor
posible, evitar el rechazo... Es posible que alguna
vez se haya puesto nervioso intentando saber qué
imagen ha dado a alguien que acaba de conocer, incluso
puede que a cada frase que diga se pregunte si lo
que ha dicho es correcto o no. Esta seria una de
las formas en que podemos llegar a sentirnos realmente
mal por la simple interpretación de los hechos.
De esta manera, para hacer frente a las sensaciones
de desasosiego y malestar físico será
necesario cambiar la forma de afrontar los problemas.
Para que
una persona sienta que está activada necesita
que se produzcan cambios internos. Pueden producirse
muchos y de muchas clases, de los cuales podríamos
destacar: el aumento de la tensión arterial,
el aumento de la concentración de colesterol
en sangre y el bloqueo de la digestión. Así
pues, si estamos constantemente activados tenemos
grandes posibilidades de sufrir una cronificación
de estos estados y consecuentemente aumentamos tremendamente
la posibilidad de padecer un trastorno psicofisiológico.
Trabajar
para producir un cambio en nuestras habilidades
para hacer frente los problemas, es una solución
muy eficaz que reducirá la ansiedad y sus
consecuencias. No se producen cambios inmediatos
al principio, pero la acumulación de experiencia,
la práctica, acaba dando los frutos esperados. |