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Sección:
Educativa

Enseñar… ¿ingrata labor?
Luz Rodríguez Paz. Profesora de secundaria

Es frecuente escuchar entre los docentes la desalentadora frase: “enseñar es muy ingrato”.

Es cierto que partimos siempre de un pasado “idealizado” y poco analizado. Cabría preguntarse si los estudiantes de antes eran mejores que los de ahora… O simplemente era un problema de disciplina.

Reducirlo todo a esas dos variables es excesivamente simplista y, sobre todo, una visión muy pesimista de la enseñanza. De hecho, son demasiadas las variables que se manejan y habría que realizar un análisis pormenorizado de la actual situación en los centros escolares.

En etapas anteriores es cierto que había más disciplina pero también es verdad que muchos alumnos se descolgaban del sistema. Muchos no terminaban los estudios primarios (porque eran necesarios en casa para trabajar), otros no terminaban los estudios secundarios (por dislexias no diagnosticadas, por falta de madurez, por desmotivación y un largo etcétera que no podemos abarcar). Pero, eso sí, se hacía en la más estricta disciplina.

En pleno siglo XXI habría que preguntarse si podemos seguir enseñando con los mismos métodos de siempre teniendo en cuenta que la mayoría de nosotros sabemos mucho de nuestras materias, pero desconocemos las herramientas didácticas, metodológicas y psicológicas para llevar la materia a la clase. Y, sobre todo, teniendo presente los cambios tecnológicos, los intereses y la diversidad que tenemos y desaprovechamos.

Son muchos los aspectos que debemos tener presentes a la hora de programar nuestras materias. En primer lugar, lo que apunta la Ley Orgánica y sus disposiciones en materia de currículo, tanto en Secundaria como en Primaria. En segundo lugar, h-ojear el manual de texto que disponemos para impartir dicha materia y coordinarse con el-los departamento-s correspondiente-s. En tercer lugar, plantearnos las sesiones de las que disponemos en el curso y en cuántas evaluaciones se fragmenta el curso escolar. Hasta aquí todo va bien. No tenemos problemas e incluso, curso tras curso hay pocas variaciones. Y, finalmente, y aquí es cuando se complica nuestra tarea, cómo llevarlo al aula.

No obstante, parece que a la hora de programar olvidamos que la importante labor de enseñar no es un proceso unilateral sino que va  unido a aprender. Por consiguiente, en este proceso de enseñar-aprender, además de los señalado anteriormente, a la hora de programar se ha de tener presente: estrategias, recursos, factores emocionales, modos de aprendizaje…

 En este punto es importante claro que aprender debe ir unido al concepto de adquirir, imprescindible en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Cuando impartimos nuestras materias en cada sesión creemos que una vez enseñado y realizadas unas cuantas y variadas actividades el estudiante ya lo ha aprendido y, por supuesto, adquirido. Pero, no siempre es así y, sobre todo, cada persona tiene sus ritmos y necesita su tiempo o su propio estilo de aprendizaje. Así, mientras que la adquisición es un proceso inconsciente y asegura el desarrollo de la competencia necesaria para el contenido aprendido; el aprendizaje hace referencia al proceso consciente, analítico de aquello que se está aprendiendo y revierte en el conocimiento formal que el aprendiz desarrolla.

Por lo tanto, lo deseable es que nuestros alumnos adquieran los contenidos que les enseñamos a través de actividades donde desarrollen la lógica, el razonamiento, la memoria, la lectura global, la lectura detallada, la relación entre diferentes contenidos (de nuestra materia y con otras), etc. En otras palabras, debemos crear los espacios y actividades que desarrollen de manera consciente sus competencias, estrategias, técnicas… para que de forma consciente vayamos encaminando ese proceso de aprendizaje en adquisición, pues esto garantiza el éxito en dicho proceso.

Sin embargo, no es suficiente con el planteamiento didáctico-metodológico. Aprender para adquirir conlleva lo que Krashen (1983) denominaba el “Filtro de afectividad” (concepto aplicado al aprendizaje de lenguas), es decir, el conjunto de variables motivacionales que permiten o bloquean el proceso. Dichas variables son:

  1. la motivación: si el alumno tiene una gran motivación, el filtro de afectividad es bajo; esto es, tiene mayor capacidad para aprender. Mientras que si el filtro es alto, no hay motivación y el alumno se bloquea ante el hecho de aprender;
  2. la autoconfianza: el alumno considera o no que es capaz de aprender  y obtener buenos resultados en las diferentes materias;
  3. la ansiedad: estado de nerviosismo del alumno dentro del aula, incomodidad, tensión…

Estas tres variables, aunque no las únicas, hacen que nuestra tarea llegue a buen puerto o se quede en una tarea a la deriva sin resultado y con una elevada sensación de frustración tanto en nosotros como en ellos.

En definitiva, tener en cuenta las variables psicológicas de nuestros estudiantes va a ser clave para lograr nuestros propósitos en el aula. De hecho, tener en los alumnos un estado de activación que anime a su conducta a dirigirse hacia una meta hará que el hecho de aprender (y de estar en el aula) sea más llevadero y óptimo.

En conclusión, el proceso de enseñanza debe tener en cuenta que aprender no es más que un estadio del proceso para que finalmente el contenido enseñado sea adquirido por el alumno (que sería lo deseable), pero para ello hay que tener en cuenta las condiciones psicológicas en las que nuestros alumnos se hallan, y de alguna manera debemos ser observadores de sus emociones y conocer todas las posibilidades didácticas-metodológicas que disponemos para llevar a término nuestro cometido.