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Sección:
Educativa

LA VUELTA AL COLE: El primer año de escolarización.
Lorena López Muñoz, Editora y Coordinadora de la sección de Educativa

La primera separación tanto física como emocional ente padres e hijos se produce con la escolarización. El niño tendrá que enfrentarse a un espacio nuevo, a nuevas figuras  de autoridad, a nuevas relaciones actividades y experiencias. Será él por primera vez quién tenga que enfrentarse a todos estos cambios solo, quién deberá poner en marcha estrategias para relacionarse, para aprender. Y los padres tendrán que tolerar el malestar y la incertidumbre que genera el no poder controlar con su presencia cada uno de los nuevos acontecimientos que rodearán a sus hijos. Por ello comienza un período de adaptación tanto para padres como para hijos.

El inicio del primer curso de los niños/as es un periodo de gran importancia. Supone un cambio en sus rutinas y actividades, y su entorno se vuelve menos seguro, se amplía y modifica.
La separación de los padres no sólo es física, es también afectiva en la medida en que empezarán a sentir de manera más autónoma, a tomar conciencia de sus emociones y ponerlas nombre, a buscar otros referentes, otras personas que contribuyan a su desarrollo; suponen la salida del núcleo familiar.
Dicha separación  puede llegar acompañada de sentimientos de abandono, de soledad, de pérdida, sentimientos que tenderán a ir desapareciendo en la medida en que hagamos una incorporación adecuada.
La intensidad de estas emociones dependerá también del tipo de relación de apego que hayamos establecido con nuestros hijos en sus primeros años de vida. De ahí que sea importante aclarar, que estilos educativos y de relación parental, extremadamente protectores, serán un freno en este período de adaptación escolar.
Es importante no confundir el “querer mucho” con el “consentir mucho y proteger mucho”. En ese afán de resguardar a nuestros hijos e impedirles cualquier sufrimiento, sólo conseguimos enviarles mensajes de inutilidad, dependencia, y victimismo: “ tú sólo no puedes, me necesitas, la vida es muy dura”. El niño tenderá a creer que no es capaz sin ayuda, que solo no vale nada, que sólo estará seguro rodeado de los suyos. Estos mensajes le generarán mucha inseguridad y poca confianza en sí mismos, lo que dificultará el proceso de integración escolar.
En estos primeros años es imprescindible creer que es compatible el amor con los límites, las rutinas, los horarios y la autonomía; así pues vayamos sustituyendo el biberón, las papillas, el chupete, la sillita, el pañal y todo elemento que prolongue la etapa preescolar del niño. Cortemos el cordón umbilical y permitámosles sentirse y verse eficaces en su entorno y controladores del mismo.

Otro factor importante que genera estrés es la incertidumbre. El niño se tendrá que enfrentar a un medio que desconoce, el aula, los compañeros, las profesores, las rutinas, las diversas actividades…Es una experiencia totalmente novedosa. Es normal que sienta miedo y así se lo tenemos que transmitir, “todos al empezar algo nuevo nos sentimos algo nerviosos, y preocupados…” pero lo que también es importante es que le hagamos ver lo positivo que obtendrá con su esfuerzo: “harás buenos amigos, te divertirás, vas a aprender muchas cosas…” Por ello es importante que hablemos mucho con él, anticipándole dónde va  a ir (incluso mostrándoselo físicamente), qué va a hacer allí…, eso le permitirá crearse imágenes que reduzcan su incertidumbre.

Con el fin de minimizar los cambios a los que tendrán que adaptarse, los días anteriores al comienzo del curso escolar,  es bueno ir estableciendo ya rutinas en los horarios, hábitos de alimentación y sueño, semejantes a las que el niño vivirá en la escuela.

A estos cambios no es sólo el niño el que tiene que adaptarse, somos también los padres quienes sentimos miedo, inseguridad, alegría. Estas emociones, en ocasiones, modifican nuestro comportamiento hacia ellos, influyendo en el comportamiento y en las reacciones que nuestros hijos manifestarán.
Así pues el primer paso será trabajar y controlar esas emociones, para posteriormente ayudarles a ellos con las suyas.
Mostrarnos tranquilos al llevarles al centro les daremos seguridad. En esta línea la comunicación no verbal se hace prioritaria: nuestro gesto, nuestra mirada, deben transmitir confianza, serenidad y debe ser coherente con nuestros mensajes verbales; así si les decimos “venga, no pasa nada…, lo vas a pasar muy bien…vas a aprender muchas cosas” y por otro lado nos ven emocionados, tensos, excesivamente afectuosos, tenderán a pensar que nuestras palabras son engañosas y que algo “malo” puede suceder.
Realizar despedidas cortas y “poco emotivas”, y recogidas con puntualidad y a ser posible por las principales figuras de referencia, son elementos clave.