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Sección:
Educativa

¿CÓMO DETECTAR SI MI HIJO ES VÍCTIMA DEL BULLYNG?
Lorena López Muñoz, Editora y Coordinadora de la sección de Educativa

Para intentar detectar si mi hijo padece acoso moral o físico en el colegio, es fundamental una comunicación no sólo verbal, básica en toda relación padres-hijos, sino también no verbal, basada en la observación y comprensión del comportamiento de los niños, en la atención de las sutiles “señales” que ellos nos transmiten de forma indirecta, a través de las cuales nos puede llegar su petición de ayuda, ya que el bloqueo emocional o el miedo les puede impedir hacerlo de manera directa.

El bullyng tiene unas consecuencias en la salud física y psicológica de los niños, que en ocasiones no se manifiestan de manera inmediata, o si lo hacen en un principio lo hacen de forma sutil, poco alarmante, por lo que se hace difícil la detección precoz de las mismas.
Ello a su vez, dificulta la recuperación e incluso la dimensión de las secuelas que dichas consecuencias generan en el niño, lo que contribuye a que estas sean más dañinas si cabe. Como se suele decir, “el mejor tratamiento es la detección precoz”, de ahí que se haga fundamental una atención minuciosa a las primeras señales, a los primeros síntomas que aparecen ante tales fenómenos, cuidar los pequeños cambios que manifiesten nuestros hijos.
Esta detección depende en gran medida del tiempo que empleamos en nuestros hijos, un tiempo que nos permita poder atender y detectar, un tiempo dirigido a conocer, observar, comprender y empatizar con ellos.
Emplear tiempo , un bien tan escaso en nuestros días, fruto de las prisas, las preocupaciones, las obligaciones, en comunicarnos abiertamente con nuestros hijos, en conocer sus gustos, aficiones, miedos, reacciones…,nos permite obtener información acerca de las preocupaciones y problemas que les puedan estar afectando.
Pero esta comunicación abierta, en el caso del bullyng, no siempre es fácil, ya que la presión y el miedo al que los chicos se ven sometidos al ser acosados, la bloquean, por ello vamos a ver otras vías de comunicación que facilitan la detección.

Conocer y observar: se trata de detectar, prestar atención a cualquier cambio significativo en el comportamiento de nuestros hijos, son los cambios que nos llevan en ocasiones a decir “le noto raro” por ejemplo si se ha vuelto más retraído y habla menos o deja de salir con los amigos pasando mucho tiempo cerrado en su habitación, o más sensible y llora o se enfada con facilidad, o si se han producido cambios en el apetito y come menos o por el contrario come incluso sin hambre; en el sueño, durmiendo muchas horas o por el contrario desvelándose por la noche; en los hábitos de higiene, descuidando su aspecto por ejemplo; en el estudio, disminuyendo su rendimiento, sacando peores notas etc.

Estos cambios a los que en ocasiones no prestamos atención, no somos conscientes de ellos, o no les damos la importancia que tienen pensando que son simplemente”tonterías del niño”, “la edad del pavo”, “es un caradura o un caprichoso”, son la alarma, la señal que nuestros hijos nos envían indirectamente, buscando nuestra ayuda, porque están siendo víctimas de fenómenos tan dañinos como el acoso moral o físico que pueda estar padeciendo en el aula. Estas señales son las que requieren nuestra respuesta, ante ellas tenemos que parar y actuar.

Observar el cuerpo de nuestros hijos también es importante: posibles golpes, moratones, arañazos de una forma reiterada, prendas de vestir rotas, pueden ser señal de agresiones físicas.

Evidentemente hablar de cambio implica conocer el comportamiento previo al mismo, es decir si no he observado a mi hijo, no conozco sus hábitos, sus comportamientos, su reacciones emocionales su “normalidad”, difícilmente podré detectar la “anormalidad”, los cambios en el mismo y por tanto me será difícil saber que “algo está ocurriendo” para poderlo hacer frente.

Comprender y empatizar: ser capaces de ponernos en el lugar de nuestros hijos es esencial para poder comprender la importancia que puede tener para ellos actuaciones y comportamientos que de otra manera no entenderíamos, llegando incluso a negar o minimizar el problema. Así si mi hijo me dice “Pedrito me ha pegado, o se han metido conmigo”, no nos puede llevar a una respuesta del tipo “bueno, son cosas de niños” o “pues haberle dado tú más fuerte”, ya que en ninguno de los dos casos el niño ve alternativas de solución a su“problema”.
¿Cuáles son los criterios que estamos utilizando para considerar la importancia de los problemas que nos cuentan y por tanto atender o no a nuestros hijos?¿son los que utilizamos para nosotros, nuestra hipoteca, nuestras presiones laborales, nuestras dificultades familiares… o por el contrario podemos intentar “calzar sus zapatos” e intentar sentir y pensar como ellos? Si no somos capaces de adecuar el baremo a cada caso, “sus problemas” nunca serán nuestros y difícilmente podremos ayudarles a solucionarlos.
No esperemos a las consecuencias evidentes para todos: fracaso escolar, pérdidas importantes de peso, depresión, ansiedad, incluso consecuencias fatales, y dediquemos TIEMPO a “estudiar” el comportamiento de nuestros hijos, a los detalles para que nunca tengamos que lamentarnos diciendo “no pude hacer nada para evitarlo”.

 

 

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