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Sección:
Psiquiatría


LA CONSTRUCCIÓN CULTURAL DEL DUELO
Dra Gonzalez Parra. Hospital Dr. R. Lafora


Está bien establecido que la cultura juega una función importante en las percepciones y experiencias humanas. El proceso universal de la muerte también se construye desde la dimensión cultural y social y su observación es uno de los medios que tenemos a nuestro alcance para comprender la psicología de los pueblos, conocer cómo un individuo asimila la pena, para así poder brindar a los pacientes una ayuda eficaz y sensible a su origen cultural.

Los ritos y conmemoraciones reflejan a la sociedad que les es contemporánea.  El ritual funerario funciona como un seguro para aliviar la ansiedad ante la incertidumbre, dirigir y controlar lo aleatorio de la  existencia. Su componente tradicional  aporta significación a la muerte dentro de una cultura y ayuda así a curar y lograr fuerza para continuar la vida en un mundo complejo y cambiante.

Aunque aún nos queda mucho por conocer la influencia de la construcción cultural del duelo, algunos autores creen que en este rito las experiencias interpersonales son similares en todas las culturas y que lo que varía son las manifestaciones de las emociones, la actitud hacia la muerte y los matices del proceso como las creencias y las expresiones.

La amenaza de la muerte se afronta construyendo el rito como un doble pasaje: para el difunto, la transición entre la vida y la muerte - concebida como el cielo, un mundo espiritual u otra vida - y para los sobrevivientes, quienes realizan las ceremonias y cuyo estatus social e identidad está ligada con la del fallecido, el cambio de algunos roles y estatus. De esta forma se asegura la continuidad del grupo y se reafirma al doliente, quien podrá pasar por un aislamiento de forma eventual y que será aceptado una vez más en el mundo de los vivos.

El ritual funerario ayuda a la comunidad a despedirse de un ser, a reconocer su muerte, a elaborar el sufrimiento y expresar apoyo social. Ayuda al cambio, a prevenir y a curar: reconforta y también revitaliza. Aunque es expresión colectiva de desesperanza, indefensión y vulnerabilidad, permite simultáneamente la expresión de compasión y simpatía y ofrece una ocasión para compartir un momento de solidaridad. Facilita la aceptación, la expresión del afecto y la integración del grupo, creando sensación de unidad. Honrar la memoria de los muertos ayuda también, en cierta medida, a  contagiar la emoción y a descargar los sentimientos de culpa de los que sobreviven. Fija las creencias en la existencia del espíritu y confiere una continuidad cultural, perpetuando el orden y el control social. En estas ceremonias los difuntos son ensalzados "como seres buenos y felices". Moviliza las relaciones sociales para marcar las pautas de acomodación que restablecerán el orden perdido.  La comunidad pierde un miembro que contribuía activamente a reforzar el sentimiento de pertenencia. “Coloca” al difunto entre los antepasados  mediante la inhumación en la tumba familiar y se preserva y extiende el lazo que existe entre el difunto, la familia y la comunidad.

La trasformación de los rituales  revelan grandes cambios históricos en curso, es lenta y precisa varias generaciones. El rito fúnebre inicialmente conseguía un distanciamiento del sufrimiento emocional, mediante el refuerzo de la creencia de la otra vida. De esta forma no se daba al muerto como perdido para siempre. En las sociedades modernas los riesgos mortales son menores y cuando los hay, se esconden. Se ha aumentado la distancia de las emociones y el duelo sirve para acercarnos a ellas. 

Ariès señala que la percepción social de la muerte ha pasado por etapas que reflejan la cultura tal como es vivida en cada época; por ejemplo, en las culturas de tradición cristiana el rito se ha sacralizado impregnándolo de elementos religiosos. En el medioevo la muerte era considerada destino colectivo, ordinario, inevitable y no especialmente aterrador, afrontada con resignación y confianza mística.

En la prehistoria se abandonaba el cuerpo al medio ambiente y  posteriormente se utilizaron las fosas comunes. Inicialmente, se enterraba a los muertos cerca de las casas y los cementerios aparecen en las ciudades sólo hasta el siglo XVII. A lo largo del siglo XIX el cementerio, alejándose de las iglesias, inició su proceso de secularización; sin embargo el ritual no asiste al mismo proceso hasta bien superada la segunda mitad del XX.

            En las antiguas civilizaciones mesopotámicas, el pueblo vivía en un mundo en el que lo sobrenatural era omnipresente y todopoderoso, y cada acontecimiento alarmante en el campo de la naturaleza representaba un presagio especial enviado para servir de advertencia o de estímulo.

Es en Egipto donde se empezó a entender la muerte como una ruptura de la unidad cuerpo-alma y se empezó a embalsamar como forma de enfrentar esta disolución. De esta forma lograban mantener la vinculación entre los muertos y los vivos.

En la Grecia y Roma Antiguas se centraba la atención en la belleza y perfección, de manera que la vida misma tenía sólo un valor relativo y se ocupaba más del cuerpo que del espíritu.

En la Edad Media, a los muertos se los dejaba con la cara destapada y en esa época, todos, salvo los nobles y los padres de la Iglesia, eran enterrados en fosas comunes que permanecían abiertas para depositar otros cuerpos.

En contraste con las religiones politeístas de la antigüedad, que se centraban en las personas puras y perfectas, el cristianismo centraba su atención en los enfermos, los débiles, los paralíticos. Mientras que en las antiguas civilizaciones mesopotámicas la enfermedad era considerada como castigo del pecado, y en la civilización grecorromana como causa de inferioridad, en el cristianismo la enfermedad era símbolo de una vía para la purificación y gracia divinas. La muerte podía constituir en algunos casos la liberación del sufrimiento y el comienzo del goce eterno.

Posteriormente, aparecieron ritos populares en los que se elaboraban máscaras del recientemente muerto para exhibirlas en la casa o en la iglesia en donde se llevaba a cabo la velación. Con estas costumbres se perciben intentos de preservar la identidad de los que mueren, pero sólo hasta el siglo XX se remarca el nombre del muerto y toma fuerza la idea de señalar la identidad del que vivió.

Recientemente van a apareciendo nuevas costumbres como la cremación o la tendencia en Estados Unidos a personalizar el funeral representando los valores, creencias o estilo de vida del difunto mediante  la utilización de sus fotografías  en la sala de velación, música de su predilección o una decoración con su vehículo o juguete favorito de la lápida.
El nuevo milenio está definido por el auge del individualismo, la paulatina desaparición de las creencias religiosas, la identificación de la pérdida como fracaso y el horror a la muerte a la que se aleja de la esfera cotidiana y se la niega como hecho inevitable.