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Sección:
Psiquiatría


Alcoholismo: abordaje desde Atención Primaria
Dra. Blanca Paniagua Carral. Centro de Salud Estrecho de Corea. Área 4

España es uno de los principales productores y consumidores de alcohol del mundo. Figura, según los datos de “World Drinks Trends”, como el 5º país consumidor de alcohol, con una media de 10,2 litros por persona al año. La elevada exposición que tiene nuestra población a una sustancia como el alcohol provoca que un número importante de personas enfermen y mueran como consecuencia, directa o indirecta, de su consumo.

Al hablar de muertes indirectas por el alcohol nos estamos refiriendo, por ejemplo, al desmedido número de accidentes de tráfico que se suceden año tras año, al fenómeno de la violencia (en sus diversas manifestaciones) que presenta como desencadenante la desinhibición de impulsos provocada por el alcohol, o a la relación que existe entre el consumo de alcohol y un 15-20 % de los accidentes laborales ocurridos en nuestro país. A todas estas consecuencias indirectas del consumo la OMS (Organización Mundial de la Salud) las ha definido como “trastornos relacionados con el alcohol”. Sin embargo, en este artículo nos vamos a centrar en las consecuencias directas del alcohol sobre la población. En 1998, Portella y colaboradores, realizando una estimación bastante conservadora, indicaron que en España existen más de 1.600.000 alcohólicos. Otras encuestas señalan que el 89,9 % de los españoles entre 15 y 65 años han tomado alguna bebida alcohólica a lo largo de su vida; que el 23 % de la población son bebedores habituales y, que el 9,9% tiene un consumo por encima de los límites considerados de riesgo.

Los problemas relacionados con el consumo de alcohol dependen de la cantidad consumida. Es decir, una persona que consume más de 200 gramos de alcohol a la semana tiene más probabilidades de sufrir un trastorno, que aquella que consume 40 gramos a la semana. Por ello, la OMS realizó una clasificación de la población según la cantidad de alcohol que consumía en: abstemios, bebedores moderados (consumo menor de 280 gramos/semana en hombres y 168 gramos/semana en mujeres), y bebedores excesivos (cuando el consumo supera las anteriores cifras consideradas como límites de riesgo). El consumo de cifras excesivas de alcohol, durante un tiempo mantenido, se relaciona con múltiples complicaciones físicas como pueden ser: gastritis, cirrosis, pancreatitis, hipertensión, malnutrición, demencia, etc. Sin embargo, no todos los problemas producidos por el alcohol tienen que ver con la cantidad de alcohol consumido.

El diagnóstico de dependencia alcohólica se establece por la relación que la persona establece con el consumo de alcohol, y no por la cantidad de consumo. Podemos encontrar personas que beben grandes cantidades y que tendrán complicaciones relacionadas con la cantidad de alcohol, pero que no son dependientes. Llamamos dependiente del alcohol a aquella persona que no es capaz de controlar su consumo, que ha perdido la libertad para decidir cuando y cuanto alcohol quiere tomar, y que sin darse cuenta ha ligado su vida de forma irremediable a esta sustancia (encontrándonos situaciones tan dramáticas como que el alcohólico abandona su trabajo, su familia, y cualquier otra actividad, por el consumo de alcohol).

A modo de resumen, diremos que hay un enorme porcentaje de la población que consume regularmente alcohol; de ellos, un porcentaje algo menor presentará complicaciones por realizar un consumo excesivo (bien por intoxicaciones puntuales o bien por un consumo perjudicial diario); y algunas de estas personas (aproximadamente el 2 %) desarrollarán una dependencia ya que serán incapaces de controlar su relación con la bebida. Sin embargo, todos y cada uno de los eslabones de esta cadena de consumo pueden hacer algo con respecto a su relación con la bebida. Para empezar, todas aquellas personas que consumen regularmente alcohol sin superar los límites de riesgo (bebedores moderados) pueden concienciarse de que el alcohol no es una sustancia inocua y pueden reducir sus niveles de consumo. Pero ¿qué deben hacer aquellas personas que son bebedores excesivos, que realizan intoxicaciones frecuentes, o que sufren una dependencia? La respuesta a esta pregunta es relativamente sencilla: “tratarse”. Y para ello, todas las personas cuentan, como primer referente del sistema sanitario, con el médico de familia.

El problema que se encuentra fundamentalmente el médico de familia para tratar los problemas de alcoholismo de su población, es que son pocas las ocasiones en las que el paciente consulta directamente por su hábito enólico. La mayoría de las consultas relacionadas con el tratamiento del alcoholismo se producen: bien por parte de un familiar sin la presencia del paciente, bien con la presencia del paciente que acude “engañado” por su familia, o bien por parte del propio paciente cuando sufre las complicaciones secundarias a su consumo (principalmente relacionadas con el síndrome de abstinencia). En este punto, debemos ser muy claros con la familia del paciente, puesto que no es posible realizar un tratamiento a escondidas o sin la plena colaboración por parte del afectado. La labor de la familia, en colaboración con su médico de familia, será la de convencer y persuadir al paciente sobre la necesidad de tratarse (nunca la de obligarle a realizar tratamiento; puesto que esta actitud tiene un mal pronóstico a largo plazo dada la alta frecuencia de rechazo a las terapias). Debemos tener en cuenta, para no desanimarnos rápidamente, que el proceso de convencer a un paciente alcohólico sobre la necesidad de tratamiento es prolongado y costoso; pero constituye un paso fundamental para lograr un buen pronóstico de curación a largo plazo.

Una vez que el paciente se encuentra motivado, puesto que es capaz de reconocer que sus problemas actuales (de todo tipo: físicos, psicológicos, sociales, legales, económicos, etc) tienen que ver con el consumo de alcohol, entonces entramos en una segunda fase que es la de “tratamiento”. En esta fase, el médico de familia debe decidir que tipo de terapia debe realizar el paciente y donde es el mejor lugar para realizarla; puesto que el tratamiento del alcoholismo es una responsabilidad que requiere ser compartida con el nivel especializado y con otros recursos específicos. Por ejemplo, aquellos pacientes que presenten patologías psiquiátricas asociadas al alcoholismo, que hayan intentado previamente una desintoxicación pero no lo hayan logrado, que sufran importantes enfermedades físicas, o que no tengan un adecuado apoyo familiar; serán derivados a una consulta especializada. En estos casos, tanto el enfermo como sus familiares deben conocer que, al menos en Madrid, dichas consultas tienen una larga lista de espera; por lo que deben ser pacientes a la hora de esperar a que sean aceptados para realizar la terapia. El resto de pacientes se encuentran en disposición de realizar el tratamiento de desintoxicación de forma ambulatoria (salvo complicaciones imprevistas), bajo la supervisión de su médico de familia, y siempre bajo los cuidados directos de sus familiares. El proceso de desintoxicación consiste en facilitar la interrupción del consumo de alcohol evitando la aparición de un síndrome de abstinencia. Dicho proceso requiere de la utilización, por parte del médico, de diversos medicamentos (ansiolíticos, vitaminas, etc); que serán pautados en una progresión descendente según evolucione la sintomatología.

Una vez superada la fase de desintoxicación, el paciente iniciará una nueva etapa en su tratamiento: la fase de deshabituación. Se entiende por deshabituación al conjunto de medidas (farmacológicas y psicológicas) que tienen como finalidad facilitar que el paciente aprenda a vivir bien sin necesidad de beber. Durante un periodo de tiempo que va desde unos meses a algunos años, el paciente adquirirá diversos recursos que le permitan enfrentarse con éxito a una vida sin alcohol; puesto que, el paciente debe tener claro desde el primer momento que este será el objetivo de toda la terapia: no volver a consumir alcohol nunca más.

 

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